7) El bastón

En la cueva, sólo los rescoldos de la hoguera refulgían en la oscuridad. Los ecos de la respiración hacían que la propia cueva cobrara vida y suspirara, invocando a los fantasmas de los ancestros que vivieron en aquella construcción de la naturaleza.
Fenlos descansaba en un estado de semivigilia. Tenía los ojos dormidos, pero los oídos despiertos, pero Tillar y Kala descansaban profundamente.
El chico, a pesar de los inconvenientes que Fenlos guardaba para sí mismo, se había obstinado en hacer una ronda de guardia, a pesar de su inmadurez y su cansancio. El tiempo no tardó en darle la razón a Fenlos, pues el hijo de Kala, tan pronto como se acostaron, empezó a cabecear y, al poco tiempo, sus ligeros ronquidos, similares a una tos, se empezaron a proyectar hacia el bosque.

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Olfateó el viento, levantando su peluda cabeza hacia la pared rocosa. "Carne fresca para la cena" se dijo para sí mismo. Henchió el pecho con orgullo, y se felicitó mentalmente al comprobar que su olfato, a pesar de los años que tenía, aún era su arma más poderosa.
Corrió raudo como una flecha entre los abetos, sin necesidad de asegurar sus patas sobre la mullida alfombra de hojarasca y humus, y levantando ligeramente la cabeza para seguir la pista de aquél apetitoso bocado.
Pisaba con rabia cada centímetro del suelo. Se sentía traicionado por el resto de los de su especie. Abandonado a su suerte, desprestigiado, ultrajado en público. Y ahora tenía que dedicarse a buscarse la vida él solo. Sin aliados, sin amigos, sin compañeros de lucha.
Toda aquella rabia iba a descargarla, fuera como fuera. Y no le importaba masacrar, destruir, devorar. Tenía hambre, y no le importaba arriesgar su vida si debía hacerlo.

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Despertó sobresaltado por la rapidez con la que Fenlos se había movido. Pensó aterrorizado en el grave error que había cometido quedándose dormido. Atolondrado, miró el entorno que le rodeaba, y no supo cómo reaccionar.
Fenlos forcejeaba con un lobo que estaba aprisionándole la garganta en un mordisco mortal. El joven lanzó un grito desesperado que despertó a su hermana que, dándole un puntapié al lobo, consiguió algo más de tiempo para buscar su bastón.
- ¿Qué haces, inútil? - le gritó Tillar al chico - No sólo has descuidado la hoguera, además, te has dormido y has dejado que entrara un lobo.
El chico contempló la escena impresionado. Kala acababa de despertarse, y fue capaz de reaccionar colaborando un poco en aquel embrollo. Tomó su daga y, dirigiéndose hacia el animal, lo acuchilló por la espalda.
El lobo aulló de dolor, y Fenlos consiguió levantarse rápidamente para alcanzar su magnífica espada. Mientras tanto, miradas de desdén se clavaban sobre el hijo de Kala, por su aparente pasotismo ante las situaciones de peligro.
- ¿Dónde carajo está mi bastón? ¿Quién lo quitó de mi lado? - dijo Tillar, con una exasperación patente.
Al ver la imposibilidad de localizar su bastón, decidió empezar a propinarle más patadas al trasero de aquel animalucho, que se retorció y luchó contra ellos hasta perder todas sus fuerzas. Ellos lo acorralaron para que no pudiera escapar y, en una finta, les hiriera de muerte. El lobo inclinó la cabeza y permitió que la espada cayera sobre ella. Su vida fuera del clan había terminado y no creía poder sobrevivir a las heridas si conseguía escapar de allí. El lobo se rindió. Se suicidó.
Tillar se sentó, exhausta, al lado de las cenizas candentes de lo que llegó a ser una hoguera. Miró a los ojos al chico, que había quedado como petrificado por la escena, y mientras Kala y Fenlos valoraban los escasos daños que habían sufrido por haber reaccionado a tiempo, Tillar inquirió:
- ¿Donde está mi bastón?
El chico no dijo nada, al menos por el momento. Se llevó una mano que tapó su boca en gesto de asombro y desgracia y dos lágrimas de terror comenzaron a caer por sus mejillas, asustado por los férreos ojos de la muchacha.

6) La noche

Tuvieron suerte, al menos en parte.
Sus raptores parecían haber desaparecido. Respiraron aliviados al comprobar que nadie les acechaba entre las penumbras incipientes. Cada uno reaccionó a su manera al encontrarse enmedio de aquel bosque que vagamente conocían. Fenlos pensó en Mandas y Lothar, pero sobre todo en Seldro, a quien había dejado al cargo y de quien recelaba levemente a pesar de haber demostrado.
Kala refunfuñaba y se sentía avergonzada. Sentía que su hijo le había humillado por los comentarios que hizo en el interior del agujero. Se tranquilizó un tanto, y reordenando sus pensamientos, volvió a acogerse a su otra personalidad, a la férrea y responsable madre que quería recuperar a su hijo, y su semblante volvió a ser inexpresivo y de porcelana durante toda la noche.
El hijo de Kala miraba exasperado a su madre, como si todo aquello hubiera sucedido por su culpa y el vínculo familiar de obligara a soportar una pesada carga.
Tillar miraba con buenos ojos al joven, aunque sus pensamientos se dirigían hacia Seldro...y evidentemente, aquellos pensamientos no eran tan crueles con Seldro como los de Fenlos.
Fenlos y Tillar se miraron unos instantes. Ambos sabían comunicarse con un par de miradas, y en aquella ocasión, Fenlos le dejó hablar a ella:
- Tenemos que encontrar comida y refugio, o nos las tendremos que ver con las bestias del bosque esta noche.
Madre e hijo se miraron alternativamente, inquietos, y no supieron como responder a aquella afirmación.
- Vale, yo seré más claro - dijo su hermano mayor - Buscad un lugar en el que guarecernos mientras Tillar y yo buscamos algo que comer. Y no os alejéis demasiado.
Y así lo hicieron, acordaron encontrarse en aquel mismo lugar cuando el sol rozara el horizonte, para tener tiempo de llevar a cabo aquellos planes.
En un abrir y cerrar de ojos, Tillar había demostrado su potencial con la magia disparando un par de proyectiles de su cayado que fueron a parar a sendos conejos. Fenlos se quedó mirándola perplejo. No sabía que su hermana tuviera tal capacidad para poder generar aquellas proyecciones de energía vital. En su asombro, simplemente se dedicó a asentir y a darle unos golpecitos de aprobación en la espalda.
Pronto habían vuelto al lugar del agujero, donde ya les esperaban Kala y su hijo. Parecía ser que habían encontrado una cueva en la falda de la montaña que les ofrecería cobijo por una noche, de modo que se dirigieron en la dirección que Kala indicó, llevando los conejos y unas moras para darles algo de sabor.
Mientras Fenlos y el hijo de Kala se dedicaban a pelar los animales, las mujeres se encargaron de inspeccionar la cueva para comprobar la profundidad y la posible existencia de vida en ella.
La cueva era pequeña y de bajada suave. Caminaron durante unos momentos alrededor de ella, repasando sus paredes lisas y resbaladizas. Tantearon el fondo con las manos, yendo de los extremos hacia el centro, donde encontraron una ligera corriente de agua que humedecía las piedras. Kala se inclinó sobre ella para beber, pero Tillar, conocedora como había sido de la naturaleza debido a las excursiones que había practicado a lo largo de su niñez, se lo impidió. La mujer adulta la miró contrariada, sorprendida por la insolencia mostrada por aquella adolescente que se atrevía a impedirle saciar su sed.
- No lo hagas - aclaró la chica - puede tener demasiadas o muy pocas sales minerales, y eso le sentaría mal a tu cuerpo.
La mujer, cohibida por su ignorancia, se retiró hacia el exterior de la cueva sin mediar palabra.
Llegó la cena, y con ella, los aullidos de los coyotes y los lobos de la zona. Gracias a la prudencia que la Gran Madre había infundido en Fenlos, poco antes de que desapareciera toda la luz ya contaban con buenos montones de leña que dispusieron como una ancha barricada frente a la angosta entrada de la cueva, y detrás de ella, la hoguera que se mantendría encendida toda la noche.
Tillar, Fenlos y Kala daban buena cuenta de la cena, mientras el chico controlaba el fuego. La primera guardia la haría él,la siguiente Tillar, después Fenlos, y por último Kala.
Se acostaron al poco de cenar y cada uno se hundió en los sueños más tranquilos y plácidos que se pudieran imaginar. Poco a poco, un coro de voces desconsoladas se iba acercando enmedio del descanso.
Un aullido los levantó en la oscuridad. El fuego se había apagado. El chico se había dormido. Sólo brillaban en la penumbra un par de ojos hambrientos, deseosos de carne, huesos y sangre tibia...

5) El agujero

No cabía en su asombro, al haber descubierto que la situación se había vuelto del revés. Ahora no sólo era él el que estaba atrapado, sino que también estaba atrapada en el mismo agujero la única persona que podría investigar sobre su paradero: su madre.
- ¡Maldita sea, Kala! ¿por qué tuviste que intentar robarle la daga a aquel bandido? - dijo Fenlos.
- Bueno...es que era tan bonita... - dijo Kala en un suspiro, admirando la curvatura de la empuñadura y el brillo de la hoja en su imaginación.
Tillar protestó con un leve gemido y una pequeña tos, y entre la oscuridad, pareció incorporarse. El hijo de Kala no salía de su asombro. No podía creer que su madre hubiera podido sucumbir a la tentación del robo en una situación como aquella, en la que estaban en juego tantas vidas.
- Sólo eran cuatro, por la Gran Madre, ¡sólo cuatro! Yo habría podido con dos de ellos. Tillar le habría lanzado un proyectil mágico al tercero al haberlos pillado desprevenidos, y tú misma podrías haber hundido la mano sobre la herida del costado del cuarto. - dijo Fenlos
- Eres la pícara con menos picardía de todo el mundo, Kala. - soltó Tillar.
- La verdad es que sí, madre - dijo el chico - deberías resignarte, nunca conseguirás robarle ni una hoja a un árbol.
Kala comenzó a hacer pucheros, pero como se dió cuenta que no la veían por la escasa luz que penetraba. Reaccionó rápido y lloró con toda la potencia que sus pulmones permitían, dando a entender a todos los que estaban en el agujero como se habían equivocado al provocarla.
Tillar se arrastró para abrazarla y consolarla, pero antes de que lo hiciera, se oyó una voz que decía:
- No te molestes, mi madre es una llorona, lo único que intenta es que nos arrepintamos de lo que hemos dicho.
Dejaron de lado aquella pequeña tragedia, y Tillar propuso formar una columna humana sobre una pared del pequeño recinto para alcanzar el borde del agujero. Parecía ser que aquellos bandidos se habían equivocado de lleno al colocar a más de una persona en aquel lugar. Tillar empujó levemente la trampilla y ésta cedió con gran facilidad.
El hijo de Kala trepó sobre Fenlos y ayudó a Tillar a correr la trampilla y a cortar una larga rama para que Fenlos y Kala pudieran trepar por ella.
Después de tantas emociones, los cuatro miraron hacia el horizonte, intentando calcular las horas de sol que les quedaban, pues al anochecer el bosque sería el lugar más peligroso en el que se podrían encontrar.

4) La madriguera

Oscuridad. Por más que abría los ojos tan sólo veía oscuridad. Dos lágrimas negras resbalaron por las carnosas mejillas del muchacho. Se sintió tremendamente estúpido, sentado sobre un montón de tierra y cubierto por tablones que cegaban la luz. Olía a humedad. Ni siquiera se filtraba la más mínima brizna de luz entre el techo irregular. Se acercó hacia un lateral, para poder explorar los límites de aquel cubículo. Extendió el brazo hacia la derecha y sintió la esponjosa tierra rodeándole. Caminó con la mano puesta sobre la pared. Estaba en un diminuto recinto cilíndrico. Probó a extender los brazos hacia arriba, dio un par de saltos tratando de agarrarse a alguna pequeña obertura entre las tablas. Rozó por un par de segundos lo que él consideraba que eran las tablas. En ese instante, una mueca de dolor cruzó sus pupilas dilatadas.
Cayó al suelo y maldijo su mala suerte. No eran, ni mucho menos, unas simples tablas. Parecía ser que estaban recubiertas por afiladas púas. Se volvió a sentir estúpido. A pesar de que ya tenía sus años, Kala, su madre, siempre se empeñaba en salir al bosque con él.
Y no le faltaban razones, porque le pasaban cosas como la que le había pasado aquel día. Había estado caminando por la orilla del riachuelo. Algo más arriba el agua se acumulaba en forma de un bello lago, en el que había estado nadando toda la mañana. Después de comer, Kala y él pasearon por la orilla, y su madre se detuvo unos instantes en un pequeño remanso. De repente, se sintió desdichado. Se había perdido en el bosque por culpa de una hermosa mariposa. Su cadencioso vuelo lo hipnotizó de tal forma que olvidó ponerse las zapatillas al salir del agua. Siguió al insecto perdiendo la noción del tiempo y del espacio, hasta que el Gran Juez quiso que sus pies dejaran de caminar. Una sombra cayó sobre él y un golpe sobre su cabeza. Cuando entreabrió los ojos, no pudo ver nada más que la negrura de aquella trampa, de aquella madriguera.
Supuso que Kala tomaría medidas. Sólo esperaba que no volviera a actuar como si tuviera diez años, ya estaba cansado de su sobreprotección.
Oyó unas voces en la lejanía. Se acurrucó, tendido en el suelo, rezándole a la Gran Madre, y esperando a algún salvador misterioso.
De repente, alguien corrió un par de tablas, dejando pasar una luz tan potente que le hizo pestañear. Arrojaron sobre él tres bultos que le golpearon con intensidad.
- Ufff… - dijo una voz conocida por él.
- ¿Madre…?

3) El arroyo



Kala había tomado una fuerza y unas ganas que les hacía dudar de la sinceridad de su llanto. Abría paso entre robles y ortigas hostigadoras. Fenlos y Tillar la perseguían como una escolta en la lejanía, conscientes de que cuanto menos tiempo pasara, más probabilidades había de encontrar al hijo de Kala.
La mujer permaneció inmóvil, volviendo la mirada hacia atrás cuando llegó al riachuelo que refrescaba el viento. Esperó a que llegaran. Fenlos caminaba rápidamente, preocupándose cada cinco segundos por Tillar, que estaba poco acostumbrada a hacer marchas por el bosque. Ella le miraba con aire de suficiencia, evitando el aire sobreprotector de su hermano, y en un descuido, tropezó y se rompió la sandalia.
Con un suspiro de exhasperación, Fenlos se agachó y la ayudó a levantarse. Ambos se incorporaron.
Tillar gruñó. Ya era bastante mayor para poder levantarse sola. Se frotó el pie y la rodilla accidentados y miró en dirección al río. Kala había desaparecido.
Corrieron hacia el arroyo y miraron a derecha e izquierda buscándola. La encontraron sentada sobre una piedra que se sumergía a la orilla del agua. El reflejo del líquido cristalino le devolvió una melancólica mirada, atrapada en una prisión transparente.
Se acercaron lentamente. Oyeron su voz suave, al principio, que iba aumentando de volumen a medida que se acercaban:
- Una madre hace lo que sea por su hijo...por eso os he traído aquí...fue el último lugar en el que lo ví...chapoteando y corriendo entre los peces.
Fenlos y Tillar se temieron lo peor. Fenlos examinó el caudal del riachuelo: no era lo bastante abundante como para arrastrar a un niño. Aquella pequeña corriente de agua sólo era un afuente que desembocaba en el río que rodeaba la ciudad, pero nunca estaba de más examinar las inmediaciones.
Cada hermano se dedicó a un lado, tomando aquel arroyo como línea divisoria. Y aún transcurrió cierto tiempo hasta que Tillar exclamó:
- Fenlos, ven a ver esto.
Kala, alarmada por aquella frase, corrió hasta ellos. Y, formando un pequeño semicírculo, prestaron atención a un objeto que reposaba entre una mata de romero y otra de lavanda.
- Era su zapatilla. - Dijo Kala, ahogando su voz.
- Ni os mováis - dijo una voz firme y fría a sus espaldas.

2) La propuesta


La mujer, asustada por aquella repentina pregunta, se quedó inmóvil y en silencio. Se apartó las manos de la cara, dejando ver sus ojos enrojecidos. Contempló largo rato a Tillar, como intentando encontrar en ella alguna cualidad que la consolara. Tillar se sintió incómoda y, acercándose algo más a ella, volvió a preguntarle:
- ¿Puedo ayudarte?
La única respuesta que obtuvo fue el llanto lastimero de la mujer, que consideraba que aquella persona que estaba entre niña y mujer poco podría hacer por su causa. Tillar se sentó a su lado y la abrazó como si abrazara a su madre. Olía a moho, a sudor recalentado y a sangre coagulada. Poco a poco, el sonido rítmico que emanaba de la mujer fue haciéndose menos estentóreo. Tillar lo lograba suavizar prometiéndole ayuda para sus problemas, diciéndole que su hermano lograría calmar sus penas porque en él se aunaban la inteligencia, destreza y responsabilidad de un modo entrañable.
Oyeron un crujir de ramas. No era normal que alguien paseara por el bosque a aquellas horas, de modo que Tillar le recomendó a la mujer que guardara silencio. Una gran sombra se acercó en la dirección en que se encontraban, acompañada de un sinfín de gruñidos y bramidos. La mujer temblaba de miedo. Cerraron los ojos deseando esfumarse de allí, deseando que aquella gran mole de carne y músculo pasara de largo. De repente, un gran estrépito y una frase no muy bien articulada inundaron el claro del bosque.
- ¿Quién me ha despertado? - dijo una voz conocida por Tillar.
- Mujer, que es muy temprano para levantarse - dijo dirigiéndose a la mujer.
Sus ojos se cruzaron con los de Tillar, y ella dibujó una sonrisa en sus labios.
- ¡Anda hermanita!¿Qué haces aquí? Oye, ¡qué amigas más raras tienes!
- Cállate, Lothar.
La mujer rompió a llorar de nuevo, pensando que si aquél era el hermano diestro e inteligente, no tenía nada que hacer.
- Mira, has conseguido hacerle llorar otra vez - señaló Tillar - ve a buscar a Fenlos.
Pasó algo de tiempo, y Tillar supuso que sería por la falta de expresión verbal que tenía Lothar, por lo que no se preocupó en exceso. La mujer, que por fin había dejado mostrar su voz, no dejaba de ofrecer oraciones a la Gran Madre, rogándole que protegiera sus deseos del mal más profundo. Levantó la vista en cuanto Fenlos se presentó ante ella.
- ¿Qué ocurre? - dijo algo molesto.
La mujer se levantó con decisión, tranquilizada al ver que podría contar con un soldado a su servicio, y convencida de que era un plegaria contestada.
- Mi nombre es Kala. Mi hijo se perdió en el bosque. ¡Encuéntralo, por favor!

1) De vuelta a casa

Fenlos descendió por la escalinata de mármol resuelto a defender la primera causa justa que se le planteara, como muestra de lucha hacia aquel sistema que sólo favorecía a los que poseían algún título nobiliario o el suficiente dinero para comprar varios de ellos.
Tomó la calle principal, que atravesaba los barrios ostentosos donde se alzaban construcciones de alabastro y azabache y que eran de dimensiones tan vastas que caminar de un extremo a otro de las mansiones era sencillamente agotador.
Cruzó hacia la Avenida. Los guardias y soldados colmaban aquella gran vía, proporcionando una paz y tranquilidad dignas de un cementerio. Pocos soldados se atrevían a pasar más allá del puente, donde el bullicioso mercado era fuente de problemas y los propios vecinos establecían patrullas urbanas que se habían regularizado.
Pero más allá de la Balsa de los Mosquitos reinaba el caos y el desorden. Dirigió la mirada hacia los mendigos habituales y les dio unas monedas de bronce que llevaba en un bolsillo del petate. Las piernas de Fenlos habían adquirido tal velocidad, que no escuchó la bendición que un raquítico le ofreció.
Y por fin llegó hasta el linde del bosque, donde Mandas cavaba en el pequeño huerto ayudada de aquel joven que se deleitaba con las virtudes de la chica. Lo cierto era que a Fenlos no le importaba que aquel chico cortejara a su hermana pequeña, pues aquello era lo único que había conseguido endulzar un tanto el carácter agrio de Mandas.
El sol comenzaba a rozar la línea del horizonte, y antes de entrar a la choza, vio llegar a Lothar entre carreras y trompicones.
- Buenas... ¿que tal te ha ido el día? - dijo el hermano mayor.
- Bueno, más o menos bien...vengo de encerrar el rebaño en el corral. En serio, Fenlos...no entiendo muy bien eso de tener que sacar las ovejas todos los días. Yo ya me las habría comido todas - dijo Lothar con los ojos en blanco y relamiéndose los labios.
- A veces pienso que te pareces más a una bestia carnívora que a una persona. - decía Fenlos mientras entraba en la casa.
Lothar le siguió al interior y se encontraron con Seldro y Tillar.
- ¿Ya habéis acabado por hoy? - dijo Lothar - ¿qué has aprendido?
- Estoy empezando a canalizar la energía - respondió Tillar, ilusionada.
- En serio, no sé para qué tanta tontería - irrumpió Mandas, con el chico cogido de la mano. - ¿cenamos?
La cena de aquella noche apenas fue un pequeño refrigerio. Un poco de queso con pan y compota de manzana. Se notaba la tensión en el ambiente, ya que nadie se atrevía a preguntar los resultados de la Audiencia. Fenlos traía mala cara, y si no lo había dicho por sí mismo, no valía la pena hacer más énfasis en ello.
Sin más preámbulos, decidieron acostarse para descansar un poco, pues otro día les esperaba en aquella espiral de monotonía y costumbre.
Tillar despertó sobresaltada. Al oír aquel llanto cercano, tomó su bastón y salió al exterior, para buscar la fuente de procedencia. El sol despuntaba, y escuchó las voces perplejas de Seldro y sus hermanos que despertaban por aquel llanto constante y lúgubre. Se adentró unos metros en el bosque, y encontró a una mujer acurrucada a los pies de un árbol y emitiendo un llanto digno de una plañidera.
- ¿Qué sucede? - quiso saber Tillar.