En la cueva, sólo los rescoldos de la hoguera refulgían en la oscuridad. Los ecos de la respiración hacían que la propia cueva cobrara vida y suspirara, invocando a los fantasmas de los ancestros que vivieron en aquella construcción de la naturaleza.
Fenlos descansaba en un estado de semivigilia. Tenía los ojos dormidos, pero los oídos despiertos, pero Tillar y Kala descansaban profundamente.
El chico, a pesar de los inconvenientes que Fenlos guardaba para sí mismo, se había obstinado en hacer una ronda de guardia, a pesar de su inmadurez y su cansancio. El tiempo no tardó en darle la razón a Fenlos, pues el hijo de Kala, tan pronto como se acostaron, empezó a cabecear y, al poco tiempo, sus ligeros ronquidos, similares a una tos, se empezaron a proyectar hacia el bosque.

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Olfateó el viento, levantando su peluda cabeza hacia la pared rocosa. "Carne fresca para la cena" se dijo para sí mismo. Henchió el pecho con orgullo, y se felicitó mentalmente al comprobar que su olfato, a pesar de los años que tenía, aún era su arma más poderosa.
Corrió raudo como una flecha entre los abetos, sin necesidad de asegurar sus patas sobre la mullida alfombra de hojarasca y humus, y levantando ligeramente la cabeza para seguir la pista de aquél apetitoso bocado.
Pisaba con rabia cada centímetro del suelo. Se sentía traicionado por el resto de los de su especie. Abandonado a su suerte, desprestigiado, ultrajado en público. Y ahora tenía que dedicarse a buscarse la vida él solo. Sin aliados, sin amigos, sin compañeros de lucha.
Toda aquella rabia iba a descargarla, fuera como fuera. Y no le importaba masacrar, destruir, devorar. Tenía hambre, y no le importaba arriesgar su vida si debía hacerlo.

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Despertó sobresaltado por la rapidez con la que Fenlos se había movido. Pensó aterrorizado en el grave error que había cometido quedándose dormido. Atolondrado, miró el entorno que le rodeaba, y no supo cómo reaccionar.
Fenlos forcejeaba con un lobo que estaba aprisionándole la garganta en un mordisco mortal. El joven lanzó un grito desesperado que despertó a su hermana que, dándole un puntapié al lobo, consiguió algo más de tiempo para buscar su bastón.
- ¿Qué haces, inútil? - le gritó Tillar al chico - No sólo has descuidado la hoguera, además, te has dormido y has dejado que entrara un lobo.
El chico contempló la escena impresionado. Kala acababa de despertarse, y fue capaz de reaccionar colaborando un poco en aquel embrollo. Tomó su daga y, dirigiéndose hacia el animal, lo acuchilló por la espalda.
El lobo aulló de dolor, y Fenlos consiguió levantarse rápidamente para alcanzar su magnífica espada. Mientras tanto, miradas de desdén se clavaban sobre el hijo de Kala, por su aparente pasotismo ante las situaciones de peligro.
- ¿Dónde carajo está mi bastón? ¿Quién lo quitó de mi lado? - dijo Tillar, con una exasperación patente.
Al ver la imposibilidad de localizar su bastón, decidió empezar a propinarle más patadas al trasero de aquel animalucho, que se retorció y luchó contra ellos hasta perder todas sus fuerzas. Ellos lo acorralaron para que no pudiera escapar y, en una finta, les hiriera de muerte. El lobo inclinó la cabeza y permitió que la espada cayera sobre ella. Su vida fuera del clan había terminado y no creía poder sobrevivir a las heridas si conseguía escapar de allí. El lobo se rindió. Se suicidó.
Tillar se sentó, exhausta, al lado de las cenizas candentes de lo que llegó a ser una hoguera. Miró a los ojos al chico, que había quedado como petrificado por la escena, y mientras Kala y Fenlos valoraban los escasos daños que habían sufrido por haber reaccionado a tiempo, Tillar inquirió:
- ¿Donde está mi bastón?
El chico no dijo nada, al menos por el momento. Se llevó una mano que tapó su boca en gesto de asombro y desgracia y dos lágrimas de terror comenzaron a caer por sus mejillas, asustado por los férreos ojos de la muchacha.